El placer de la violación, en mi negocio por 5 hombres
Hola, hace tiempo tuve una experiencia sexual que cambió mi vida y mi forma de ver el sexo y quiero contaros la, mi nombre es Mayra, tengo una tienda de ropa de deportes y estoy soltera.
No tengo muchos pechos, pero si un buen culo, es carnoso y redondeado, ya que mis caderas son anchas, además tengo buenos muslos.
No puedo decir que mi vida sexual sea abundante, pero tampoco escasa, siempre estarán en mi mente el placer con ligues esporádicos, polvazos con desconocidos en mis vacaciones sola a Ibiza, algo que si, es arriesgado, pero por eso más excitante.
Mi tienda no es muy grande pero tiene suficiente género, a un lado está el mostrador y, tras él, la entrada a la trastienda, allí además de cajas con más ropa hay una pequeña televisión y un sofá, para cuando alguna amiga me visita o alguien necesita probarse una prenda.
A veces, cuando hay pocos clientes, pongo un cartel de “vuelvo en cinco minutos”, voy a la trastienda y, en el sofá, me quito los pantalones o lo que lleve y me masturbo con los dedos para así estás mas aliviada y animada el resto del día.
La más intensa experiencia sexual que he vivido fue inesperada, y, podría decir, involuntaria, aunque ese término, quizás, no sería el adecuado.
Una noche estaba a punto de cerrar mi tienda, había sido un mal día de ventas y solo quería irme a casa, relajarme, y prepararme un vino y quizás mi consolador favorito y masturbarme antes de irme a dormir.
Ya había apagado todas las luces cuando la puerta se abrió un hombre entró.
–Está cerrado—dije–Vuelva mañana.
El tipo no dijo nada, tras él entraron otros cuatro hombres y se pusieron en fila, mirándome de una forma muy extraña.
–¿Que es esto?–pregunté–¿Un atraco?
Uno de ellos fue hacia la puerta y echó el pestillo, después bajó una persiana vieja que había por dentro de la puerta.
–He, tu—dije–¿Que haces? Llamaré a la policía.
Ninguno dijo nada, dieron un paso hacia mi y yo quise huir metiéndome a la trastienda, lo cual era una tontería porque allí no había salida ninguna.
Por supuesto, me alcanzaron, rodeándome.
–Dejadme, dejadme—supliqué—No me hagáis daño.
Sus intenciones fueron claras, no solo por sus manos, las cuales me manoseaban por sitios donde ningún hombre me había tocado nunca, si no por sus palabras.
–Sexo, sexo—decían—Sexo.
Al principio, hubo una negativa por mi parte, pero una bofetada me dejó claro las opciones que tenía, que eran pocas, por no decir que solamente una.
–Okey, okey—obedecí.
Entonces, todo comenzó, los toqueteos se volvieron más violentos, apretando mis pechos, mi culo, le daban palmadas como a un animal, yo estaba desorientada, sin atreverme apenas a moverme hasta que uno de ellos cogió mi mano izquierda y la llevó a su paquete, que noté durísimo,
la temperatura no tardó en subir, a pesar de mi reticencia, uno de ellos comenzó a frotar mi coño por encima de mis pantalones, arriba y abajo y sin apretar mucho, la experiencia le delataba como un violador profesional, y me sentí mojada y mareada.
Dejaron de tocarme y se separaron de mi, dejándome dentro de su corro.
Le miré, uno a uno, el único que había hablado era el más fornido, de raza latina, quizás colombiano o ecuatoriano, nunca pude diferenciarlos, otro era claramente español, delgado y con cara de salido, pelo pincho, el más joven de todos, el siguiente podría ser mi padre, pero no tenía que envidiar a los demás, ya tenía su polla fuera, un rabo grueso y venoso nada despreciable.
El último era un albañil, todavía llevaba su uniforme de trabajo, manchado de yeso.
El fornido (El jefe)
El latino
El joven
El viejo
El rudo.
Así los identifiqué después y siempre que he recordado aquello.
–Desnúdate–dijo el jefe.
Yo titubee, y al mismo tiempo, mis manos, como si tuvieran vida propia, agarraron el faldón de mi camiseta.
Conforme me desnudaba les observaba, esas miradas de deseo, al ver mi sujetador, y mis bragas, tapando mi culazo, luego quedándome con los pechos al aire y después despojándome de mis braguitas.
Comenzaron de nuevo a tocarme, dándome palmadas en el culo, apretando mis pechos, frotando mi coño, ya mojado, receptivo, no se cuando comencé a gemir, y mis piernas a temblar.
Hicieron arrodillarme y el albañil agarró mi cabeza, no le hizo falta ordenar nada, cuando un hombre te obliga a arrodillarte ante él sabes lo que quiere, agarré su manubrio aliente y abrí la boca, cerré mis labios en torno al glande, notándolo jugoso, y comencé a mamar, deseaba su corrida en mi boca, pero solo noté como se ponía aún más duro en ella.
Cuando me separó, vi que todos estaban ya desnudos, continué la ronda de mamadas, saboreando cada pollón, los cuales eran todos diferentes pero nada despreciables, acaso un bukake, que me mojase toda, que algún chorro llenase mi garganta, sedienta de semen, pero al cabo de unos minutos me cogieron y me llevaron al sofá.
–Danos el culamen—dijo el jefe—Si, el culo.
Y me dio una soberana palmada en él.
Obedecí y me temí lo peor, pero como la gacela que siente la presencia de un cazador, y aún así sale a pasear, no puse resistencia alguna. además de miedo, sentía deseo.
–Como no—pensé–Tenía que ser mi culo, tan carnoso, tan deseado.
El jefe fue el primero en entrar en mi, despacio, haciendo que de mi boca saliese un grito que fue apagado por una mano, haciéndome temblar con cada centímetro de carne que me invadía.
Oía como su cuerpo chocaba contra el mío, sentía como su nardo me follaba analmente, a veces sus manos apretaban mis tetas, todo eso me excitaba y deseaba correrme, y no una vez.
El jefe dio un largo gemido y eyaculó dentro de mi, dejando sitio al latino, el cual tenía un rabo delgado, pero largo, que llegó hasta el fondo de mi ser.
Me violó fuertemente, con ese fuego que tienen los de su tierra, dándome palmadas en mi culo, cuando iba a correrse la sacó y me llenó la espalda de corrida caliente.
El siguiente, el joven, entró fácilmente en mi ano, ya domesticado por dos badajos, yo ya me había rendido ante ellos, esperando que, después de disfrutar de mi ojete, de trepanar mi rico culo, se marchasen, pero, para mi sorpresa, a media follada, la sacó y, sin decir nada, me la metió en mi coño.
Lancé y escueto gemido mientras y indescriptible placer me invadía, sus embestidas no eran moco de pavo, como su polla, aunque no quería que me preñase, deseaba que me llevase al orgasmo, y así poder sacar algo bueno de todo eso.
–Oh, oh, si…
Temblé como un flan, babeante y con los ojos en blanco, mientras mi coño se corría de tal forma que mis líquidos mojaron mis muslos y el sofá, tuve que morderme los labios para no dar un grito que hubiese alarmado incluso a la policía, a veinte metros de allí.
Creí que me daría su violenta lefada dentro de mi coño, impregnándome con su semilla de violador, pero en vez de eso la sacó y volvió a entrar en mi culo, solo tuvo que empujar dos veces para darme su corrida.
El viejo me folló primero el coño, lo hizo despacio pero decidido, como si follase a su esposa, a pesar de que me había corrido, sentía placer, un gozo nada despreciable con el nardo de aquel maduro.
Para mi sorpresa, quiso correrse en mi boca, me hizo girarme y, sin que nos dijésemos nada, cumplí sus deseos, agarrando ese nardo viejo pero que, sorprendentemente, me supo delicioso, el abuelete puso las manos en mi cabeza para marcarme el ritmo y yo le dí la mejor mamada de su vida mientras mis dedos exploraban mi coño para darle vidilla de nuevo.
Su semen me supo salado, en gran cantidad, lo tragué gustosa y dejé en mi boca algo de él para saborearlo, como un pecaminoso recuerdo.
Se apartó y, de rodillas, vi como el albañil se acercaba a mi, sonriendo.
Me cogió por debajo de los hombros y me lanzó contra el sofá, era rudo, una bestia, y lo supe cuando se precipitó hacia mi y me la metió en el coño de una sola vez, de golpe, haciendo que un gemido escapase de mi boca.
Como he dicho, era un animal y me violó deprisa y sin titubeos, seguramente estaba acostumbrado a follarse a putas en polígonos oscuros, después de aparcar su camioneta del trabajo.
No puedo negar que esa violencia me excitó sobremanera y al rato ya estaba abrazada a él, gimiendo, retorciéndome como una cualquiera cuando entraba y salí en mi de una forma que no puedo describir.
Me corrí de nuevo, intensamente, deseando incluso que ese cabrón vaciase sus huevos dentro de mi útero domado, gemí muchas veces sintiendo una tormenta de orgasmos, fuera de mi, provocando la risa de esos individuos.
El albañil cesó y se puso de pie, se masturbó un par de veces y miles de chorros de corrida blanca y calentorra me mancharon la cara, el pelo, las tetas…
Me quedé sentada en el sofá, con las piernas extendidas, cogiendo aliento, sudada, violada, agradecida por aquello.
Vi como se vestían y se disponían a marcharse, el jefe me lanzó un par de billetes, como si de verdad fuera una fulana, una puta.
Cuando se marcharon, corrí a cerrar la puerta, no quería que nadie entrase y me encontrase allí de esa forma, después tuve que volver a sentarme en el sofá porque me temblaban las piernas, mi coño y mi culo goteaban y mi corazón quería salir de mi pecho.
Cuando tuve fuerzas me limpié y me vestí, antes de salir de allí, como si nada hubiese ocurrido, miré hacia la cámara de seguridad, encendida.
Así es, tenía varias cámaras en mi tienda y ellos no se habían dado cuenta, y al día siguiente vi que toda mi violación había sido grabada, no obstante, no tuve valor para denunciar nada, me negaba a dejar que un grupo de policías y jueces me viesen así, ofrecida, gimiendo, mamando y teniendo sendos orgasmos.
Aquel vídeo dejaba muchas dudas sobre si, realmente, había sido obligada a hacerlo o no.
Los vídeos quedaron bien guardados en mi colección, solo visionados por mi en mis solitarias noches de soledad.
Nunca volvieron, nunca volvía a tener problema ninguno con nadie en la tienda y dos años después vi que me hacia gastar más que ganar y la cerré.
He vuelto a estar con muchos hombres, pero nadie ha conseguido excitarme como ese grupo.




